Crecí rodeada de familia cuya religión es la católica. Mi abuela, por supuesto era muy religiosa y tenía mucha fe en Dios. Mi abuelo, en determinada etapa de su vida y por circunstancias que hasta la fecha no conozco con exactitud, se volvió ateo y niega la existencia de lo divino; de aquello que nunca ha visto. Mis padres son creyentes, mas no devotos; es por eso que no nos inculcaron la religión que profesan.
Esta breve reseña es simplemente para introducirme: agnóstica, siempre me sentí confundida en cuanto a creer en Dios, siempre dudé de su existencia, pues ¿cómo creer en algo que nunca he visto?
No me cerraba, puesto que muchas personas cercanas a mi (principalmente mi abuela) me hablaban de Él, de ese ser divino, perfecto, misericordioso.
Sin embargo, no tenía pruebas, ¿por qué creer en la existencia de un ser superior?, ¿por qué las personas le tienen tanta fé? ¿Por qué muchas veces ponen en Sus manos su camino?
Mi abuela era una de esas personas: devota, católica, creyente. A pesar de que mi abuelo siempre renegaba de sus rezos, ella jamás dejó de creer. En fin, jamás fue para mi una urgencia aclararme en cuanto a mis creencias, pues no tenía necesidad, ni mucho menos interés.
Fue hasta que mi viejita enfermó que mi interés empezó a plantarse dentro de mi. Cuando le detectaron a mi abuela cáncer, lo primero que hice fue reclamarle a Dios por qué le había hecho eso, ella que era tan noble y que siempre hablaba bien de Él. ¿Por qué ella? Ahí se agrando más mi confusión, ¿cómo podía reclamarle a alguien en quien no creía?
Fueron meses duros, meses de ver como la vida se le acababa a una de las personas que amo. Ver su sufrimiento y no poder hacer nada al respecto.
Cuando fue internada, iba a visitarla. A ella no le gustaba que yo llorara, pero yo soy una persona muy sensible, así que ya se imaginarán el trabajo que me costaba decirle que la quería sin que se me salieran las lágrimas.
En una de esas visitas, ella me dijo que pidiera por ella, que le pidiera a Dios porque la cuidara.
Por supuesto mi cara de sorpresa fue evidente, pues ella sabía perfectamente que no era creyente; mi abuela se percató y me dijo que me iba a pedir un favor, que lo tomara como encarguito.
Fue un favor muy simple: leer la Biblia para que conociera poco a poco a Dios, para que entendiera el por qué ella le tenía tanta fe.
Es difícil creer en lo desconocido, al menos para mi, sin embargo a veces no encontraba consuelo ni mucho menos una forma de sanar todo el dolor que me causaba la situación de mi abuela.
Cargaba con muchas cosas desde ese entonces: preguntas que hacían mis hermanitos sobre si mi abuela iba a morir, la tristeza de ver como día a día ella se consumía, la impotencia de no poder hacer nada al respecto, la incertidumbre de no saber si al otro día ella estaría viva o no.
Cargaba con mucho peso emocional y fue entonces cuando me acerqué a Dios, quizá no fue la forma, pues de inmediato comencé a cuestionarlo, buscaba respuestas a todo lo que pasaba a mi alrededor, solo le pedía por ella, porque permitiera que mi abuela se quedara conmigo un poco más, porque ella era un pilar muy importante para mi vida.
Busqué en Dios ese equilibrio que mi abuela me daba, ya no podía cargar con toda mi angustia y hablando con él liberé todo ese peso.
Entendí por qué ella creía en Él y por qué quería que yo lo hiciera, quizá ya sabía que iba a morir y sabía que Él sería mi salida para descargar toda esa opresión que me hundía, que Él me daría fortaleza y sobre todo me sanaría espiritualmente.
Y así fue como ella me presentó a Dios.
Recuerdo perfectamente que un día antes de morir, entré a verla a su recámara. Ella ya deliraba un poco, yo solo entré a recordarle que la quería y a desearle buenas noches. Entonces ella me dijo "ya me voy" y yo siguiéndole la corriente, pensando que era parte de su delirio, le pregunté: "¿a dónde?", ella sólo levanto su brazo y señalo el techo.
No se imaginan la angustia que me provocó su ademán, pensar que podía ser cierto, que era hora de que partiese, que estaba lista para irse.
Al otro día me llamaron para decirme que mi abuela ya descansaba en paz, yo lloré tanto, porque sabía que me haría falta, pero a la vez sentí alivio porque al fin había dejado de sufrir.
Aún así caí en profunda tristeza, perdí equilibrio y me arrancaron una parte fundamental de mi vida.
Encontré en Dios consuelo, sabía que Él me ayudaría a encontrar resignación, que con el tiempo me daría respuestas.
Hasta hoy agradezco, le agradezco a mi abuela que me haya acercado a Él, porque he tenido paz, a pesar de lo difícil que es para mi despertar y no encontrar a mi viejita cerca, no sentir su calor y su apoyo, su amor.
Me hace falta.
NO me acerco a Dios porque tenga algún pendiente con mi abuela, ni porque me remuerda la conciencia de cosas malas que le haya hecho, mucho menos porque sea momentáneo, sino porque gracias a Él le doy paz a mi vida, me libero.
Esto que escribo es porque anoche soñé con ella, soñé que venía por mi, que me llevaba al cielo porque quería presentarme a alguien: me presentó a Dios.
Después de tanta confusión en mi vida, solo una cosa puedo concluir: creo en Dios, creo que Él existe, creo que sabe porque hace las cosas y que nunca nos dará cargas que no podamos sostener.
Tengo fe en Él, en su amor por nosotros.
Sin duda alguna mi abuela cumplió su misión en esta vida, la extraño, pero sé que está aquí conmigo. Cuesta creer en algo que no ves, que no está, pero yo creo en el amor de mi abuela, a pesar de que ya no está físicamente conmigo.
Me da fuerza y tranquilidad para seguir, lo mismo me pasa con Dios. Sé que Él estará cerca cuando lo necesite y cuando no también. Y siempre le estaré agradecida por tanta bondad que ha mostrado para con mi vida.
Quisiera que las personas que me conocen entendieran el por qué de todo lo que me pasa, les comparto mi sentir, porque esto ha cambiado mi vida y seguirá cambiando, de la mano de Dios.
Te extraño abue, pero estás en las mejores manos. Te amo, siempre.